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Así sí provoca escuchar radio

Pobreza extrema en calle Brisas del Orinoco del sector Altamira I – San Félix

Foto de archivo del fiscal general de Venezuela, Tarek William Saab. EFE/ Miguel Gutiérrez

En la cima de un cerro abrasado por el sol implacable, a pocos metros del rugido constante del río Caroní y la sombra ominosa del Matadero Municipal, se extiende la calle Brisas del Orinoco como un rincón geográfico olvidado por más de 60 años. Piedras sueltas y arena reseca delinean el único camino serpenteante entre ranchos de zinc oxidado y bloques improvisados, donde cientos de familias soportan un castigo colectivo; ausencia total de agua potable por tuberías, luz que parpadea a merced de los cortes y pozos sépticos como únicos testigos de su precariedad sanitaria. El aire huele a polvo y resignación, mientras el matadero, con su cerca perimetral de bloques altos como una muralla infranqueable, ostenta en letras negras el nombre de Mamuca C.A., aunque ya no reparte tripas, vísceras ni mondongo que antes aliviaban el hambre de los vecinos.

María, madre de tres niños que prefiere ocultar su apellido, barre el polvo interminable frente a su rancho mientras sus hijos improvisan juegos con latas vacías rodando por el suelo. «Aquí el hambre no avisa, se queda para siempre», murmura con voz agotada, señalando un fogón apagado donde la noche anterior solo compartieron una arepa raquítica.

Antaño, esta zona de la parroquia 11 de Abril bullía con pescadores que tallaban picas rudimentarias hacia el río, uno de los grandes afluentes de Ciudad Guayana. «Llegamos hace 30 años buscando refugio, pero el cerro nos venció», evoca un baquiano del barrio que aún lanza su línea al Caroní al amanecer, cuando la niebla se disipa. Hoy, Altamira I es un laberinto de ranchos dispersos, accesible solo por un kilómetro de trocha polvorienta que espanta a los servicios públicos, pero que sus habitantes transitan con la certeza de padecer entre cuatro láminas de zinc retorcidas y carcomidas por el óxido.

Lamentos y necesidades
Para indagar más en las entrañas del barrio, me acerqué a Sunirde Calzadilla, sentada en la parte trasera de su rancho, aguardando con paciencia estoica el retorno de la luz que llevaba horas ausente. Construyó primero una barraca humilde, luego huyó al sector Guaiparo junto al Hospital Dr. Raúl Leoni; regresó, se fue de nuevo por motivos que guarda en silencio, y finalmente volvió a Brisas del Orinoco, donde acumula más de 40 años esperando agua por tuberías, red de aguas negras, aceras y brocales. A un lado de su casa acecha una mata de mango imponente, con raíces expuestas y ramas que la aterran por su riesgo de derrumbe sobre el techo. Ha clamado ayuda vía VenApp, pero el socorro se pierde en el éter. «Pide a Dios que no se caiga; en lluvias, el peligro se multiplica, pero mis plegarias lo sostienen», confiesa, aferrándose a la fe mientras el techo podrido acumula hojas y ramas caídas. Para ellos, obtener agua es un martirio diario; la recolectan de tubos improvisados, no apta para humanos, y deben comprar potable cuyo precio galopa sin piedad, mientras las lluvias anegan sus hogares.

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